Un santo popular
[JOSEP M. AINAUD DE LASARTE, "Un sant popular", en Ramon de Penyafort i el Dret català; Quatre-cents anys de la canonització del patró dels advocats de Catalunya (1601-2001); Fundació Jaume I, Nadal de 2000.]
Viaje alrededor de una tumba
Si queremos seguir con detalle la vida de san Raimundo de Peñafort, podemos hacerlo alrededor de su tumba, construida a principios del siglo XIV en el convento de Santa Catalina, y trasladada después del 1835 a la Sede barcelonesa. Sólo tenemos que entrar en la catedral de Barcelona y acercarnos hasta su capilla. Allí podemos ver su sepulcro, una tumba gótica de mármol bien trabajada. Al pie, hay la figura yacente del Santo. Considerada por algunos autores como un retrato suyo auténtico, modernamente se ha comprobado que la cabeza proviene de una escultura romana aprovechada en la Edad Media. Esta figura yacente se encontraba en una cripta bajo el sepulcro del Santo. La gente creía que la tierra que había estado en contacto con su cuerpo, tenía la virtud de calmar las tormentas del mar. A cada lado de la tumba, una serie de relieves nos permite seguir la vida del personaje que hay enterrado. Vemos la confesión de un gran papa -seguramente Gregorio IX- arrodillado a los pies del Santo; en otro relieve, san Raimundo de Peñafort dicta las Decretales a un escribano; en otra, el milagro de la playa de Tossa, con la confesión de un moribundo que había perdido el habla; en otro, el milagro que relata Elisenda Aymerica, hasta aquel momento enferma incurable; en otro, el ángel que cada mañana despertaba al Santo; al lado la cura de fray Martín, un dominico que sufría malas tentaciones. Y, a un lado y al otro, diversos milagros del Santo, obrados una vez muerto. Hay que remarcar que san Raimundo de Peñafort aparece siempre vistiendo el hábito blanco y negro de los dominicos.
Milagro en Tossa
Lo que sí es cierto -y probado documentalmente- es un hecho milagroso que pasó en la playa de Tossa, en la Costa Brava, en el año 1236, a raíz de un viaje del Santo. Volvía de Roma por mar, y, al pasar por delante de la villa de Tossa, pidió al patrón de la nave que se acercara a tierra, porque un enfermo pedía la confesión.
Ninguno de sus compañeros -que testificaron más tarde en la causa de beatificación- había oído nada, pero el patrón le hizo caso y dirigió la nave a tierra. Llegaron a la playa que ahora se llama la Mar Menuda y encontraron un hombre agonizando, llamado Barceló des Far, que había perdido el habla. San Raimundo de Peñafort le preguntó si quería confesarse y el enfermo sólo le contestó «Hoc», es decir, «Sí». San Raimundo de Peñafort escuchó la confesión, le dio la absolución y el enfermo murió en paz. Los viajeros continuaron el viaje, pero quisieron dejar constancia documental del hecho, que fue uno de los elementos de la causa de beatificación del Santo.
Hasta aquí, la historia. Pero la leyenda también quiso tener su lugar, y así, se asegura que las rocas de la playa se abrieron para dejar llegar el Santo a tiempo -por eso todavía se le llama «el puerto de San Raimundo»- y la cruz de la absolución quedó grabada en la roca de la playa, donde todavía se puede ver. Ciertamente, la llamada «cruz de San Raimundo» es una cruz formada por unas rocas de color diferente, fácilmente visibles desde la playa de la Mar Menuda y hoy rodeada de una cadena de hierro. La villa de Tossa mantuvo siempre una gran devoción al Santo: celebra una misa en la playa de la Mar Menuda el 23 de enero, y también, desde hace un tiempo, acoge las Jornadas de Derecho Catalán. Una buena manera de mantener la memoria del gran jurista.
Culto y devoción
A pesar de la fama de santidad de Raimundo de Peñafort y la insistencia de los dominicos, hasta el año 1601 no fue elevado a los altares. Barcelona le tributó unas fiestas solemnes y muy concurridas, en las que el abogado de la ciudad tuvo un papel lucido y destacado. Su tumba se encontraba en el convento dominico de Santa Catalina -donde hoy hay el mercado del mismo nombre- destruido durante la quema de los conventos de 1835. La tumba y los restos fueron trasladados a la sede de Barcelona, y desde 1879 es una de les capillas más conocidas de nuestra catedral. Cada año, por su festividad, el Col·legi d'Advocats de Barcelona celebra una misa en sufragio de los colegiados muertos durante el año anterior, y la benemérita asociación de Amigos de san Raimundo de Peñafort, fundada por Ramon Rucabado, publica unos gozos, una estampa o algún otro recuerdo para hacer revivir la memoria del Santo.
«Abogado y santo -milagro de la gracia-», como decían los abogados descreídos del siglo pasado.
La festividad religiosa se celebró, primeramente, el día 23 de enero, pero después de la última reforma litúrgica, y teniendo en cuenta que el santo había muerto el día 6 de enero del año 1275, se celebró la mañana siguiente, o sea el día 7 de enero. Se dice que al entierro del Santo asistieron incluso los reyes Jaime I y su yerno, Alfonso el Sabio de Castilla, que se encontraba en Barcelona aquellos días.
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Ciudades y pueblos lo escogieron por patrón. Barcelona y Vilafranca del Penedès lo tienen por copatrón; Cabrianes y Masllorens como patrón, y el Castillo de Peñafort, sobre todo desde que Jordina Gallemí, gran devota del Santo, organiza la fiesta, celebra la diada de san Raimundo de Peñafort. Tiene capillas, altares y cofradías alrededor de los Países Catalanes.
Los mercaderes y la moneda barcelonesa
Los mercaderes barceloneses fueron devotos del Santo, que los orientó a menudo con su consejo. De la famosa y discutida obra Modus iuste negociandi in gratia mercatorum no conservamos ningún texto auténtico, pero la relación de Raimundo de Peñafort con los mercaderes barceloneses fue intensa y continuada. Uno de los mercaderes más importantes de su tiempo, Ponç d'Alest, tuvo amistad personal y fue uno de los promotores de la construcción del convento de Santa Catalina, donde fue enterrado el Santo.
Le consideraban un hombre de consejo indispensable, y Ponç d'Alest le pidió reunirse con el rey Jaime I para evitar que el rey alterara el valor de la moneda de plata barcelonesa, llamada de terno, añadiendo más cobre del declarado. Jaime I, en el año 1269, se comprometió solemnemente a no modificar el valor de la moneda barcelonesa sin acuerdo con los ciudadanos. Así pues, podríamos proclamar a san Raimundo «patrón de la estabilización», en vista de los altibajos de la moneda de todos los tiempos.
Viaje por mar

Pero la representación más conocida de san Raimundo de Peñafort y la leyenda más extendida son el supuesto milagro de la transfretación, o sea, el viaje por mar sobre su capa. I decimos supuesto milagro porque en ningún documento del tiempo del Santo se habla de él, ni tan siquiera en el proceso de beatificación del siglo XIII, cuando todavía vivían personas que lo habían tratado. La leyenda aparece más tarde, entrado el siglo XV, y se hace popular en el XVII. Un misterio bien barroco, com correspondía a la nueva época. La leyenda afirma que san Raimundo de Peñafort se encontraba en la isla de Mallorca, donde había ido acompañado del rey Jaime I. Éste había dado orden que nadie devolviera el Santo a Cataluña, porque lo quería mantener a su lado como confesor hasta que le diera la absolución por haber cortado la lengua del obispo de Barcelona. San Raimundo de Peñafort habría ido hasta el pueblo de Sóller, y allí se habría embarcado sobre su capa; y con el manteo por vela y el escapulario por bandera, habría llegado felizmente al puerto de Barcelona.
Naturalmente, ningún documento coetáneo recoge esta proeza náutica, pero la poesía popular no se lo podía dejar perder. Y, así, el conocido Romance de San Raimundo asegura:
Vostres miracles són tants
que no els pot ningú comptar
més un dels grans entre els grans
passar sens vaixell la mar
deixant l'honra transitòria
del Rei i tota sa Cort.
Oh digne d'etern record
de catalans honra i glòria
tingueu-nos sempre en memòria
Sant Ramon de Penyafort.
Grandes poetas, como Verdaguer o Maragall, recogieron en emotivos poemas la memoria del Santo. Dice Maragall:
La Mare de Déu
un roser plantava
d'aquest sant roser
naixia una branca
n'és nat Sant Ramon
fill de Vilafranca
confessor de reis
de reis i papes.
Y Verdaguer canta el milagro del santo navegante:
Los peixos trauen lo cap
per veure la meravella
d'un dominic navegant
en un llaüt d'estamenya.
Y si no es cierto el milagro, desde el punto de vista documental es cierto que este viaje maravilloso ha dejado un recuerdo poético imborrable.
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